CRÓNICAS DE LUZ Y SOMBRAS 2-4-2011
Luciano Álvarez
Cada vez que me golpea el contumaz relativismo moral al servicio de lo ideológico o lo meramente partidista, me pregunto cómo es posible que alguien que haya sufrido en carne propia el miedo, la falta de libertad y la violación de sus derechos fundamentales no desarrolle un sentido especial de alerta para la compasión ante realidades similares. El 10 de marzo recibí una paliza de diecisiete minutos de insania moral en la voz de un senador de la república (El Espectador, «Suena tremendo»).
La mente suele tomar el atajo del aforismo, para fijar esas perplejidades. Entonces recordé: «Primero vinieron a buscar a los comunistas y no dije nada porque yo no era comunista. Luego vinieron por los judíos y no dije nada porque yo no era judío. Luego vinieron por los sindicalistas y no dije nada porque yo no era sindicalista. Luego vinieron por los católicos y no dije nada porque yo era protestante. Luego vinieron por mí pero, para entonces, ya no quedaba nadie que dijera nada». Las conclusiones naturales implican una apología del pluralismo y la tolerancia política y religiosa. Defender el bien común y la individualidad del otro es la única garantía para nuestra propia individualidad.
Su autor, el alemán Martín Niemöller (1892 – 1984) fue condecorado como teniente de un submarino durante la Primera Guerra Mundial. Luego, como muchos otros desmovilizados integró los Freikorps, organizaciones paramilitares que proliferaron en esos años, en base a un desprecio completo hacia la democracia, el capitalismo burgués, el socialismo en general y un antisemitismo profundo. Luego se hizo pastor luterano (1924), sin abdicar de su pasado. En 1933 relató sus experiencias en «Del submarino al púlpito», vendió miles de ejemplares y se convirtió en un niño mimado de los nazis.
Entre 1931 y 1937 tuvo a su cargo la iglesia Berlín-Dahlem. Su carisma y popularidad pasaron las fronteras. En 1937 se publicó una versión en inglés de sus prédicas: Here Stand I! (Chicago, Willett, Clark, 1937), donde puede leerse este sermón dominical que habla sobre los judíos: «Vemos un pueblo muy dotado, que produce una idea tras otra en beneficio del mundo, pero todo aquello que emprende acaba envenenado y lo único que cosecha es desprecio y odio porque de vez en cuando el mundo repara en el engaño y se venga, a su manera». Advertía, sin embargo, «que no tenemos ningún derecho a complementar la maldición de Dios con nuestro propio odio», mientras rehusaba a comprometerse en cualquier clase de ayuda a los judíos, a pesar de la insistencia de su cercano correligionario Dietrich Bonhoeffer.
Sólo se rebeló cuando Hitler subordinó la Iglesia Evangélica a la consigna «Un Pueblo, Un Reich, Una Fe». Niemöller se opuso y asumió la conducción de la Iglesia Confesional (1934); Hitler ordenó su arresto, (1937) y debió pasar siete años como «prisionero personal del Führer».
Las tropas aliadas lo liberaron en 1945, volvió a ponerse al frente de su Iglesia y reconoció sus pecados: «Preferíamos mantener silencio. Claramente no somos inocentes», dijo. Una vez más, su talento oratorio y su activismo hicieron el resto. Durante el sermón de la Semana Santa de 1946 en Kaiserslautern, expuso aquel párrafo que se haría célebre. Luego, en Zurich, dijo que «los cristianos tienen una mayor responsabilidad ante Dios que [los nazis]. Deberíamos haber reconocido al Señor Jesús en el hermano que sufría y era perseguido a pesar de que fuese comunista o judío… ¿No somos los cristianos mucho más censurables, no soy mucho más culpable que muchos que tenían las manos cubiertas de sangre?» Se preguntaba cómo era posible «que los pastores de la Iglesia y los alemanes en general no [hubieran] reconocido que los judíos no eran por naturaleza una tribu maligna.» Estas confesiones, expuestas en la temprana posguerra le ganaron una enorme popularidad, la indulgencia sobre su pasado; incluso un reconocimiento, que llega hasta nuestros días, de las organizaciones judías. Su importancia dentro del cristianismo no romano creció hasta ser presidente del Consejo Mundial de Iglesias en 1961.
Desde 1949, quizás por convicción o para pagar sus culpas, quizás por ingenuidad, tal vez por vanidad -las razones importan menos que los hechos- se convirtió en un referente del Consejo Mundial de la Paz, un organismo creado para «promover la coexistencia pacífica entre las naciones y el desarme nuclear», en realidad un aparato de obediencia soviética. La URSS aportaba el 90% de sus fondos tal como lo prueban hoy los documentos desclasificados. Ya entonces era evidente.
En 1965, Niemöller visitó Vietnam del Norte durante los bombardeos estadounidenses y se reunió con Ho Chi Minh En cambio nunca se pronunció -ni él ni el Consejo Mundial de la Paz- sobre las invasiones soviéticas de Hungría en 1956, de Checoslovaquia en 1968 o de Afganistán en 1979. En 1966 recibió el premio Lenin de la Paz reservado para dirigentes y artistas comunistas o compañeros de ruta. Eran los años de Leonid Brezhnev.
En esas mismas semanas, los escritores Siniavski y Daniel, fueron condenados a trabajos forzados por difundir «textos antisoviéticos» mientras miles de disidentes eran encerrados en hospitales psiquiátricos. Andrei Snezh-nevski, del Instituto Serbski de Moscú descubrió la «Esquizofrenia lentamente progresiva», una forma de enfermedad que afectaba al individuo solamente en su comportamiento social, sin ninguna huella de otra característica. «Muy frecuentemente, ideas acerca de luchar por la verdad y la justicia se forman en la mente de personalidades con una estructura paranoica», decía. Las drogas y el electroshock, se encargaban del resto. ¿Niemöller se enteró? No había forma de ignorarlo.
Es probable que sus actitudes en la inmediata posguerra basten para asegurarle una posteridad honrosa, sin olvidar su intrincada peripecia, pero la pregunta sigue en pie. ¿Cómo se pueden vivir 92 años en medio de las mayores atrocidades manteniendo un sistema de alerta moral altamente selectivo?
El alerta moral selectivo
04/Abr/2011
El País, Luciano Alvarez